Especialistas en Latinoamérica
X

Si no tienes cuenta, créala en unos segundos

Crear Cuenta
Isla Bartolomé Galápagos
🕓
Ángel Martínez Bermejo

Conociendo Galápagos, las Islas Encantadas

Boyd Hendrikse/Shutterstock.com

Es una impresión de las que quedan grabadas para siempre en los pliegues de la memoria. Cada vez que puse pie en tierra en cualquiera de las islas Galápagos y emprendí el camino, empezaron a surgir con naturalidad las escenas de la vida animal. A veces eran las fragatas macho pavoneándose con sus buches rojos tan hinchados que parecía que iban a explotar, o las hembras de lobo marino dando de mamar a sus crías, o una iguana que masticaba tranquilamente, tan cerca que oía perfectamente el sonido de sus mandíbulas al moverse. Todo ocurría ahí delante de mí, y como todos los que llegan a estas islas observaba incrédulo como se desarrolla la vida. Creo que no hay ningún otro lugar en el mundo donde se pueda asistir a semejante espectáculo, el de que los animales salvajes no le tengan miedo al hombre.

Las 19 islas y el puñado de islotes que forman el archipiélago se agrupan a poca distancia unas de otras, a unos mil kilómetros de la costa de Ecuador. Sin embargo, su imagen es lo más diferente posible de lo que se entiende por islas tropicales en el Pacífico. Aquí no hay apenas playas, ni palmeras. En su lugar, la piel áspera de la lava, las radas pedregosas, el perfil sombrío de los volcanes. De hecho, la primera descripción que un navegante hizo de las Galápagos no es precisamente de admiración: “Diríase que Dios había dejado caer una lluvia de piedras”. Corría el año 1535 y el soriano Tomás de Berlanga, desviado por una tormenta de su ruta entre Panamá y Perú, era el primer hombre conocido que ponía pie en estas islas.

Las tortugas, las iguanas y las aves muestran una insensata indiferencia a la presencia humana

Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, recaló por primera vez en las islas en el año 1535. Ya tuvo ocasión de notar lo que ahora sentimos todos: que las tortugas, las iguanas y las aves muestran una insensata indiferencia a la presencia humana. Nunca nadie había experimentado algo semejante en ningún rincón del mundo. Poco después, el capitán Rivadeneira arribó a sus costas y las llamó islas Encantadas, porque le pareció que flotaban sobre el mar, que aparecían y desaparecían en la bruma.

Islas Galápagos Iguana

Alex Pix/Shutterstock.com

Evidentemente, las islas no se esfuman en la niebla, pero bien merecen el nombre. ¿Dónde, si no, se pueden encontrar pingüinos sobre la línea del ecuador? ¿Dónde comparten territorio un oso marino y una iguana tropical, hermanando fauna antártica y tropical? ¿Dónde son los reptiles los animales dominantes? Sin embargo, nada atrae tanto como otra característica de todos ellos. En ningún otro lugar los animales salvajes demuestran tal confianza a los humanos.

Las islas surgieron de un cataclismo volcánico y se fueron poblando de especies animales y vegetales a lo largo de los siglos. Las circunstancias en que llegaron hicieron que muy pocas sobrevivieran. Todas ellas tuvieron que adaptarse a las condiciones particulares de las islas —a veces de cada una de ellas—, y desarrollaron formas singulares que sólo se encuentran en el archipiélago. La mayor parte de las especies no existe fuera de las Galápagos.

Un recorrido de unos pocos días por las islas me proporcionó una cantidad de estímulos difícil de igualar en otros lugares del mundo. Allí mismo, sobre la línea del ecuador, están los leones marinos, zambulléndose en la orilla o tomando el sol, con las madres amamantando a sus crías a medio metro del atónito espectador. El que uno pueda acercarse más de lo normal a estos animales permite observar perfectamente sus luchas por el territorio y el control de las hembras. Presenciar estas escenas a tan escasa distancia es un privilegio único y permite un salto cualitativo en la comprensión de la naturaleza.

A cada momento surgía un espectáculo nuevo, y siempre a dos pasos de distancia. Un pinzón saltaba sobre la espalda de una iguana y comía los parásitos escondidos en los pliegues profundos de su piel. Unos cangrejos violinistas se enzarzaban en combates prehistóricos. Un piquero de patas rojas daba de comer a su cría instalada sobre un matorral. Una pareja de gaviotas de cola ahorquillada copulaba en la playa. Una tortuga caminaba, con la apariencia de un animal de otro tiempo, por una pradera. Al acercarme a una de las islas, los pingüinos rodearon la lancha y al desembarcar en la playa caminé entre tintoreras, sin que importara el hecho de que sean una especie de tiburón. Los piqueros de patas azules anidaban en el suelo, y encontré algunos que no tenían inconveniente de hacerlo en el propio sendero abierto para los turistas.

Islas Galápagos Leones Marinos

Kjersti Joergensen/Shutterstock.com

Esto que ahora nos resulta tan evidente chocaba frontalmente con la opinión reinante en el mundo

Siempre que viajo a un lugar por el que pasó Charles Darwin en su viaje llevo un ejemplar de su Diario de un naturalista alrededor del mundo para leer el capítulo correspondiente en el lugar en el que fue escrito. En 1835 la expedición del Beagle recaló en las Galápagos y el joven Darwin quedó profundamente conmovido: “Tanto en el tiempo como en el espacio nos encontramos frente a frente con el gran fenómeno del misterio de los misterios: la primera aparición de nuevos seres sobre la Tierra”, escribió en su diario. Con el paso de los años, y tras analizar sus observaciones, llegó a las conclusiones revolucionarias por las que es conocido. Sin embargo, es curioso notar que lo que le llevó a desarrollar su teoría sobre la selección natural de las especies no fue ningún animal espectacular, sino los modestos pinzones. La clave la encontró al observar que todas las especies de esta ave —del tamaño de un gorrión— sólo se diferenciaban entre sí por la forma de sus picos.

El que fueran muy parecidas en el resto demostraba que procedían de un antepasado común, pero la adaptación a nichos ecológicos diferentes había derivado en la especialización. Esto que ahora nos resulta tan evidente chocaba frontalmente con la opinión reinante en el mundo, y en sus apuntes se aprecia una terrible desazón. Como él mismo escribió en alguna ocasión, estar convencido de que las especies no son inmutables “es como si tuviera que confesar un crimen”. Viajar a las Galápagos es, entre otras cosas, un peregrinaje al lugar en donde saltó la chispa de una de las ideas más revolucionarias que haya surgido de la mente humana.

REGÍSTRATE EN 1 MINUTO

Deja un comentario