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Nuqui Playas Colombia
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José Fajardo

En busca de las ballenas jorobadas en el Pacífico colombiano

Juan Manuel Barrero Bueno/Shutterstock.com

La idea de ver ballenas en libertad, saltando en el mar y expulsando chorros de agua hacia el cielo, siempre me pareció algo más cercano a una aventura exclusiva para grandes documentalistas que una realidad a mi alcance. Cuando me dijeron que era posible cumplir ese sueño en el Pacífico colombiano, a unas pocas horas de viaje desde mi casa en Bogotá, no me lo pensé.

En mi caso aproveché para conocer antes Cali y desde allí ir en autobús durante tres horas hasta llegar a Buenaventura, el puerto comercial más grande de Colombia. El vuelo a Cali, desde la capital del país, apenas dura 70 minutos.

Salvo excepciones, como Cartagena de Indias, la isla de San Andrés, el Eje Cafetero o grandes ciudades como Medellín y Bogotá, el país todavía no está preparado para el turismo masivo. Para mí, ese es el encanto de cada viaje que hecho por la Colombia profunda: nunca sabes qué va a pasar, la sorpresa aguarda en el camino.

Es raro ver a extranjeros, aunque cuenta con varias casas para recibir visitantes.

Es el caso de Juanchaco, una población costera en el Pacífico que pertenece al municipio de Buenaventura y a la que sólo se puede llegar en lancha desde el puerto. Al contrario que Nuquí (un municipio más al norte, en el Chocó), que ya se ha convertido en un destino popular y recibe una alta demanda de turistas en la temporada de avistamiento de ballenas (de julio a octubre), este pueblito es una joya aún desconocida.

Es raro ver a extranjeros, aunque cuenta con varias casas para recibir visitantes. Son construcciones rústicas de madera elevadas para evitar inundaciones cuando suben las mareas. Ofrecen lo necesario para estar cómodo: camas limpias, cuartos de baño privados con ducha y una agradable terracita. Aquí no hay lujos ni aire acondicionado, los cortes de luz son habituales y el agua procede de la lluvia que se almacena. Algunas de las casas dan directamente al mar. Después de despertar con esas vistas cada mañana dan ganas de prolongar la estancia hasta el infinito.

Nuqui Alojamiento

Juan Manuel Barrero Bueno/Shutterstock.com

El clima es el de la selva húmeda tropical: la temperatura nunca supera los 30 grados y hay una constante sensación de humedad. En esta región, una de las más biodiversas del mundo, llueve todo el año. Es necesario llevar ropa cómoda de verano, repelentes para los bichos y un chubasquero ligero.

El entorno es el mayor atractivo: acantilados abruptos donde rompen las olas con violencia moldeando formas imposibles en las rocas, playas arenosas en las que aparecen cuevas cuando se retira la marea y selvas espesas donde habitan tribus indígenas y fauna salvaje. El pueblo forma parte del parque natural Uramba Bahía Málaga y se cree que es un refugio pleistocénico.

Al caer la noche, con el cielo plagado de estrellas, era el momento de escuchar las historias de su tierra…

La ausencia de sofisticación en los alojamientos se suple con el encanto de lo local. En el mío estaban incluidas las comidas, que cada día preparaba Gloria, una cocinera especializada en platos deliciosos a base de pescados y mariscos, siempre acompañados de un zumo natural elaborado con alguna de las innumerables frutas que se cultivan en la zona.

Al caer la noche, con el cielo plagado de estrellas, era el momento de escuchar las historias de su tierra. El Pacífico colombiano es una de las regiones más bellas que existen pero también una de las más pobres y olvidadas. La mayoría de la población es afro, una comunidad orgullosa de su cultura ancestral, de su música y su gastronomía y siempre abierta al que viene de fuera con respeto.

Una de las actividades que más disfruté en Juanchaco fue una ruta en kayak. Empiezas en la playa y recorres la costa hasta adentrarte en los manglares que conectan el mar con los brazos de agua dulce de las selvas. Por el camino hay cuevas y pozas naturales para bañarse y descansar. Tuve la suerte de ver a un grupo de delfines jugando a unos pocos metros de mí, casi podía tocarlos con las manos. Nuestra guía fue Yarli, una chica de 18 años hábil con los remos y que conocía todos los secretos del lugar.

Al día siguiente por la mañana di un paseo por las playas explorando las formaciones geológicas que han ido esculpiendo el viento y las mareas. Terminé el paseo jugando al fútbol en la arena con unos niños indígenas, que después me invitaron a conocer a sus familiares. Conservan las costumbres de sus antepasados, venden artesanías y se dedican a la pesca. Realmente viven con muy poco pero la naturaleza les da lo que necesitan. Es posible llegar hasta poblados indígenas escondidos en estas selvas para conocerles.

Isla Malpelo Colombia

Nicholas Billington/Shutterstock.com

Yo estaba nervioso porque esa tarde era el plan de las ballenas. Hasta el último momento existe la incertidumbre de si habrá visibilidad o una tormenta impedirá salir al mar. Al llegar al puerto de la población, un lugar bullicioso dominado por el olor a pescado fresco que venden en pequeños puestos, supe que era mi día de suerte. Unos chicos se arremolinaban en el malecón señalando en el horizonte unas formas inmensas que emergían del mar y caían causando un chapoteo monumental. Eran las ballenas.

De repente un chorro de agua brotó del mar y escuchamos un estruendo…

“Seguro que las vemos pero el show no está garantizado”, me advirtió Julio, un guía turístico de Cali que trabaja desde hace años en Juanchaco colaborando con la población local. El capitán de la pequeña embarcación en la que subimos, una lancha para cinco o seis personas a motor, es un marinero del pueblo que cobra unos 10 euros por la excursión.

Zarpamos en dirección a las ballenas que habíamos visto saltar a lo lejos. Estaba ansioso, empecé a pensar que iba a ser difícil verlas de cerca. Nos desplazamos hacia otra dirección, el capitán vio un movimiento imperceptible para los demás tripulantes. Al llegar a ese punto, no había nada.

De repente un chorro de agua brotó del mar y escuchamos un estruendo. Delante de mí sucedió la escena más tierna que he visto en mi vida. Una ballena enorme avanzaba con una de sus crías a su lado. Iban en paralelo a nosotros, el pequeño dando saltitos. Sentía que es irreal ver de cerca a un animal tan majestuoso, sólo nos separaban las olas azules del Pacífico, la distancia de seguridad que marcan las leyes de protección ambiental.

Juanchaco Ballenas

Stephanie Kenner/Shutterstock.com

A este lugar de la costa colombiana vienen cada año grupos de ballenas desde la Antártida para tener a sus crías. Según Parques Nacionales de Colombia en esta región nace el 25% de las ballenas jorobadas del planeta. Pienso con tristeza que quizá en unos años el turismo se haya masificado, pero también puede haber un punto intermedio, que los visitantes sean respetuosos con la naturaleza y la población local se pueda beneficiar con ese tránsito. Es tan bello que nada lo puede destruir, esa idea me reconforta.

Después de saciarnos al ver varios grupos de ballenas recorremos con el barco los islotes que rodean Juanchaco. Es un paisaje que recuerda a las grandes películas de piratas: hendiduras que entran al mar y dan paso a selvas donde no viven humanos, sólo serpientes, lagartos, cangrejos y especies de aves, insectos y flora que sólo se encuentran aquí. También en el Pacífico colombiano está la Isla de Malpelo, una antigua cárcel que ahora es un santuario para científicos y ambientalistas.

Esa última tarde en el paraíso fui a ver atardecer en los acantilados que hay junto a una base naval. Pensé en todos esos animales ocultos en las profundidades, seres hermosos que habitan este ecosistema salvaje. La espuma de las olas acariciaba mi cara. Sentía el sabor salado, las gaviotas me observaban. El sol era una bola rojiza que iba desapareciendo a lo lejos. Entonces fue cuando pensé qué gran idea sería quedarme aquí un tiempo para escribir un libro.

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